Efemérides de un confinamiento

Tremendo año se nos está quedando, ¿no? Poca broma con el giro tan drástico que han pegado los acontecimientos. No pintaba bien la cosa ya con ese enero interminable, en donde parecía que si no nos moríamos por el calentamiento global, sería por el estallido de la tercera guerra mundial. Lejos queda ahora ese conjunto de preocupaciones —ya casi rutinarias — en un tiempo tan negro como el alquitrán, en donde solo se habla de un virus y de una situación económica complicada. Eso sí, si algo nos ha dejado el confinamiento, además de la piel pálida y el hábito sedentario, es tiempo libre.

En mi caso, el confinamiento resultó ser toda una prueba de fuego en la que dilucidaba cuan capaz era de mantenerme cuerdo mientras la intentona de sostener hábitos saludables durante más de tres días seguidos se derrumbaba cada vez. Tampoco me escondo, no es que fuese un adonis de la productividad antes de que todo esto empezase; al fin y al cabo, los encerrados lo somos a tiempo completo. No obstante, la suerte de libertad condicionada de la que gozamos hoy en día es una movida. Así que, he decidido levantar voluntariamente la tapa del vetusto baúl que componen estas polvorientas instalaciones y emplear un buen montón de letras para hablaros de mis movidas.

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La Sandersonitis

2019 ha sido un año intenso. Siempre te dicen que conforme te aventuras en la vida adulta, tu vida va a pasar volando, pero no creo que haya sido el caso con estos ya pasados 365 días. Días que hemos utilizado para hacer tops sobre lo mejor de la década y pelearnos sobre si, matemáticamente, se acaba la década o no. O para utilizar los fideos chinos como material polivalente para el arreglo de casi cualquier cosa. O incluso para organizar una maratón destinada a la liberación de todos los alienígenas encarcelados en el Área 51 mediante un trote a la Naruto (correr con los brazos flexionados hacia atrás mientras suena Silhouette de Kana-Boom). Todo ello en el marco contextual de que igual en diez añitos el planeta se nos va a la mierda. La prestigiosa universidad de Alacama sintetiza de manera simple y certera nuestra era, tan llena de memes, medios de producción acaparados por multinacionales gigantescas, gobiernos de ultraderecha y desidia generalizada por el cambio climático en solo dos palabras: qué cojones.

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La acampada relajante

No he visto mucho anime esta temporada, lo reconozco. Pero sí que he seguido fielmente algo; y ese algo es Yuru Camp. Así que creo, en mi posición de bloguero en el retiro, que es necesario volver por estos lares para hacer una aportación. Ahora bien, a riesgo de ser un hipócrita, he de decirlo: tengo problemas para acabar los Slice of Life.

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El sonido de ‘A Silent Voice’

Corría un 19 de marzo del año 65 cuando un joven inglés se preparaba para tomar un tren. Iba camino a Southhampton, con sólo hora y media de trayecto estimado desde Londres. Con sus veinte añitos—recién cumplidos—se sentía perdido. Incomprendido. No encontraba su lugar en la sociedad. Y tras inspirarse en una escena clasista que había observado por las céntricas calles del barrio Belgravia, decidió escribir. Escribir y componer.

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9 compositores cuyo nombre deberías conocer.

Ritmo, melodía, armonía y matices. Estos cuatro elementos componen uno de los productos culturales de origen más remoto e inaudito: la música. Su etimología, composición, clasificación y constante evolución engrosan una ya muy prolongada lista que, a pesar de la difícil innovación—predominando renovación en pos de transformación de elementos existentes—sigue siendo digna de análisis. La música per se es un estímulo, un fenómeno que enfatiza los sentimientos y animosidad del individuo. Sin embargo, sus creadores son frecuentemente desconocidos cuando se halla dentro producciones audiovisuales. Sobre todo cuando hablamos de anime. Entonces, ¿son importantes? Bueno…sí, claro que lo son. Pero, ¿por qué?

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